Manual para escribir una novela, LAS 10 CLAVES PARA ESCRIBIR UNA NOVELA DE ÉXITO

Escribir una novela se asemeja, en cierto sentido, a escribir una sinfonía musical. No basta con conocer las notas (las palabras) o las escalas musicales para encadenarlas (las frases). Para escribir una sinfonía se requiere algo más que encadenar con más o menos gracia una melodía tras otra: es necesario conocer la estructura de sus movimientos, los diferentes instrumentos que intervienen, sus voces y sus posibilidades melódicas; hay que saber cómo modular la intensidad y administrar los tiempos; suprimir lo prescindible y generar emoción y belleza; y, sobre todo, hay que ser consciente del enorme trabajo y esfuerzo que nos supondrá, tanto la escritura inicial del primer esbozo, como las diferentes etapas de revisión hasta lograr una obra de arte satisfactoria.

Es el momento por tanto de comprender cómo insuflar vida en las arterias de una novela, cómo construir el armazón que la sustenta y qué mecanismos y recursos debe emplear para alcanzar la cumbre a la que aspira: escribir una novela con éxito.

Clave nº 1. Convertirse en un escritor de novelas: el único secreto

Comenzaré advirtiendo que en este primer capítulo no hablaremos de técnicas literarias, apenas siquiera de literatura y, sin embargo, probablemente contenga los consejos más valiosos sobre cómo convertirse en un escritor que podrás obtener en este o en cualquier otro curso.

Así pues, si aspiras verdaderamente a convertirte en un novelista no te saltes esta parte, léela con detenimiento o, de lo contrario, todo lo que aprendas en los demás capítulos de este curso no te servirá absolutamente de nada.

En primer lugar, te pediré que observes la siguiente fotografía:

arnold

Se trata del conocido actor, y también pionero de la disciplina de la musculación, Arnold Schwarzenegger. Si crees que lograr una musculatura semejante solo está al alcance de unos pocos (quizás agraciados por la ‘genética’), te equivocas.

El motivo por el que te muestro esta fotografía es para llamar tu atención sobre un hecho: en realidad, el mismo principio que hizo que el joven y esmirriado Arnold se transformase en el forzudo de la imagen, ese principio es el que puede convertirte a ti en un escritor de éxito.

Y es que la fórmula del éxito, si podemos llamarla así, en cualquier disciplina, podría enunciarse de esta manera:

Trabajo constante, esfuerzo diario, hábito. En definitiva: Perseverancia.

André Jute, en su libro “Escribir un thriller” (1986), narra la siguiente anécdota:

“Un premio Nobel me dijo en una ocasión que en seis manzanas a la redonda del bar en el que estábamos, había cien escritores mejores que nosotros (muy de agradecer que me incluyese). La diferencia entre nosotros, como autores publicados y ellos, como autores inéditos (y acaso sin saber el prestigio que podían estar perdiéndose) era, simplemente, que nosotros nos sentábamos y escribíamos una página al día, o diez páginas al día o cualquier otro número de páginas, y que no nos levantábamos de la silla hasta haberlas escrito. Y en cambio ellos no lo hacían.

Años después volví a recordar esto cuando el director de una importante editorial neoyorquina fue a verme a Cambridge, donde entonces vivía yo y, de buenas a primeras, me hizo innumerables preguntas sobre mi salud, los deportes que practicaba, mi actitud respecto de la dieta y del ejercicio físico (…). Luego descubrí que el director literario en cuestión relacionaba la salud de un autor con su capacidad para “hacer codos”, reescribir un manuscrito, y publicar otro libro. En otras palabras, lo relacionaba con la perseverancia. En las agencias literarias más importantes del mundo lo llaman “regularidad” y, en algunos casos, lo consideran el 99,9 % de la valía de un autor. Un famoso editor dijo una vez: “no me traigan ninguna primera novela, tráiganme ocho novelas”.

Y para ilustrarlo con su propio ejemplo, André Jute nos cuenta que reescribió su primera novela, “Reverse Negative”, cuarenta y tres veces y fue rechazada por cuarenta y cuatro editores, aunque dos de las tres mejores editoriales de Nueva York que la rechazaron la primera vez la acabaron publicando simultáneamente después de que lograse publicarla con éxito en otra editorial.

La conclusión a la que llega Jute es que la perseverancia es ese 99,0 % de sangre, sudor, trabajo y lágrimas que aportamos para que aflore ese 0,1 % innato de capacidad comunicativa (lo que se conoce como “talento”), que se completa con el 0,9 % de técnica y oficio que podamos aprender en cursos o a base de escribir y tachar; todo lo cual hace que una novela sea publicable.

“La mayor virtud de un escritor es no rendirse jamás. Si es usted una persona obstinada, terca y testaruda por naturaleza, ya tiene algo ganado”, concluye Jute.

Solo hay una respuesta

Un escritor es, por definición, una persona que escribe. Pero no nos engañemos pensando que escribir es algo fácil, que no requiere esfuerzo, que escribir es una actividad a la que uno se entrega cuando se siente “inspirado”. Porque el escritor profesional no puede permitirse el lujo de aguardar a que llegue la inspiración: trabaja activamente para lograrla. Escribir es un trabajo duro, sobre todo para el novelista, que sabe desde la primera página en blanco que probablemente tendrá que escribir trescientas más. No es ninguna nadería. En los Capítulos 8 y 9 trataremos algunos consejos y fórmulas para superar la temida barrera de los bloqueos y lograr que la novela avance, a pesar de todas las dificultades, reales o imaginarias.

No obstante, tú puedes superar cualquier obstáculo si tienes la actitud adecuada. Y la actitud adecuada se resume en esto: un escritor escribe. Si pretendes ser un profesional, un novelista a quien le publiquen sus novelas, harás cuanto puedas por escribir y no permitirás que ninguna excusa te atenace.

Y es aquí donde la actitud adecuada, tu pleno compromiso con el hecho de escribir como una actividad resulta tan importante, porque, presta atención: el escritor que escribe con regularidad mejora cada día su oficio.

Nunca me cansaré de insistir en la importancia de la rutina. Elije un horario a tu conveniencia, pero respétalo. Busca el momento adecuado para ti. Si, por ejemplo, tienes que desplazarse en transporte público a diario para acudir a tu trabajo, quizás aproveches para escribir en los trayectos. Trata de escribir todos los días, de encontrar el momento, aunque solo sea una hora, o media, o cualquier otra cantidad de tiempo que puedas dedicarle. Oblígate a hacerlo y no te saltes ninguna sesión.

Con el tiempo la obligación se transformará en hábito, y entonces dejará de suponerte ningún esfuerzo.

La única forma de habituarse a una rutina es ceñirse a una rutina.

De modo que ante la pregunta: ¿Qué hay que hacer para llegar a ser escritor de novelas?

Solo hay un respuesta: Leer, leer y leer, sobre todo, el género que te interese, observar atentamente y, por supuesto, escribir, escribir y ¡escribir!

Muchos se sorprenden ante esta idea. Tal vez esperan algo más, un secreto profundo y misterioso que, sospechan, sólo unos pocos afortunados logran desentrañar. Y sin embargo, los mismos que se sorprenden no se extrañarían si un entrenador de fútbol, ante la pregunta de cuál es el secreto para convertirse en una estrella, nos dijese que el único secreto consiste en entrenar mucho, entrenar sin parar.

La pregunta que tal vez te estés haciendo ahora es: ¿quieres decir entonces que se puede entrenar para ser un buen escritor? La repuesta es: ¡si!

Escribir requiere entrenamiento, como cualquier otra actividad, no importa si es física o mental.

No se trata de una afirmación gratuita. Se basa en los testimonios y la experiencia de decenas de escritores profesionales de éxito (y al final de este capítulo le reservo una sorpresa al respecto), pero también en estudios científicos recientes sobre cómo surge el talento en las personas.

Estas teorías postulan que el talento no es un don o cualidad intangible, sino que podemos observar su reflejo fisiológico en una sustancia que envuelve las neuronas en el cerebro, una sustancia llamada mielina. Se trata de una sustancia de origen graso que recubre los axones de las neuronas y que actúa como aislante del impulso eléctrico que viaja por ellos, lo que mantiene la potencia y velocidad de las señales, haciéndolas más precisas.

Lo que se ha demostrado es que cuanta más práctica se realiza de una actividad, más mielina se produce en el cerebro, lo que se traduce inmediatamente en un desarrollo del talento para esa actividad.

Así lo explica el estadounidense Dan Coyle en su libro “Las claves del talento” (2009). La práctica intensa de una habilidad, según Coyle, añade nuevas capas de mielina, por lo que las acciones y los pensamientos se vuelven más “veloces y precisos”.

Además de optimizar la transmisión del impulso neurálgico, la mielina —o materia blanca— es la responsable de conectar las neuronas con otras áreas lejanas del cerebro. Douglas Fields, neurocientista en cuyos descubrimientos Coyle apoya su teoría, lo explica citando un estudio que realizó a un virtuoso pianista sueco, Fredrick Ullén. En dicho estudio descubrió que ciertas regiones de materia blanca están más desarrolladas en los pianistas profesionales que en aquellas personas que no saben tocar el piano. “Estas regiones conectan partes de la corteza cerebral cruciales en la coordinación de movimientos con áreas involucradas en otros procesos cognitivos que operan cuando se hace música”, explica. “Lo mismo podríamos afirmar de otras actividades creativas, como escribir o pintar.”

Y para lograr mielinizar las neuronas, tal como lo hacen los pianistas profesionales, el secreto es uno: la práctica. ¿Te suena?

En los estudios que cita Fields, se encontró que mientras más horas al día practica un músico, más fuertes son las señales en algunas áreas de materia blanca y que los axones están más “mielinizados”.

Coyle ahondó sobre cómo se desencadenan esas reacciones neuronales y lo relacionó con un método particular de práctica intensiva en que la persona prueba, fracasa, desmenuza la actividad para realizarla paso a paso, avanza, topa con otro obstáculo, vuelve a corregirse, siente cómo avanza… ¡Y así es exactamente como un escritor construye su novela! (tal y como veremos en el Capítulo 9). Según Coyle, en este proceso se acaba disparando de un salto cuantitativo la capacidad de progresar en el aprendizaje.

“Tampoco debe pensarse –indica Dan Coyle– que todo es cuestión de neurología, de funciones cerebrales automáticas, todo muy frío. Hay alma, sigue habiendo magia y pasión, porque para destacar en una actividad tiene que gustar; la práctica intensa requiere además un enorme esfuerzo, estar muy motivado, amar mucho esa actividad.”

Coyle ha viajado alrededor del mundo en busca de los ‘semilleros del talento’, lugares que llaman la atención por la gran cantidad de talentos superdotados en alguna actividad concreta que allí afloran. Así, descubrió en Brasil que el éxito de sus jugadores de fútbol no se debía a que lo practicaran en la playa o a la bondad de su clima, sino a las horas que dedican al entrenamiento y, sobre todo, a las repeticiones con las que liman los errores. Coyle también encontró otros ejemplos en su periplo: el éxito de un club de tenis ruso que, pese a sus precarias instalaciones, forma a más jugadoras de máximo nivel que todo Estados Unidos.

Otro de sus descubrimientos fue la rara coincidencia de las hermanas Charlotte, Emily y Anne Brontë, tres escritoras de talla internacional que crecieron en un pueblecito al norte de Inglaterra. De niñas no mostraron ningún talento especial por la literatura, salvo su pasión por dedicar horas y horas a escribir. Sus escritos infantiles eran burdas imitaciones de artículos de revistas y libros de la época, pero escribieron cientos, miles de esos artículos durante su infancia, lo que constituyó una forma de práctica intensa que culminó con novelas clásicas y sorprendentes por su excepcional calidad como “Cumbres borrascosas” o “Jane Eyre”.

Envolver con mielina los nervios requiere gran cantidad de tiempo y energía, por lo que aunque “no podamos llegar a ser Miguel Ángel o Messi, todos podemos mejorar aquellas habilidades que nos apasionan”, afirma Coyle. “Se necesita amor irracional hacia una actividad para ser capaz de trabajar duro”, añade.

No importa cuál sea el aprendizaje —escribir, pintar o tocar un instrumento—, el mecanismo es el mismo. “Tu cerebro no sabe si está aprendiendo fútbol o a Chopin. Todas las habilidades son realmente circuitos”, concluye Coyle.

Así que la respuesta a la pregunta: ¿qué hay que hacer para llegar a ser escritor? ya no debería extrañarnos tanto: Leer, leer y leer, sobre todo, el género que le interese, observar atentamente y, por supuesto, escribir, escribir y ¡escribir!

Volvamos a las palabras de André Jute: “La perseverancia es ese 99,0 % de sangre, sudor, trabajo y lágrimas que aportamos para que aflore ese 0,1 % innato de capacidad comunicativa (lo que se conoce como “talento”), que se completa con el 0,9 % de técnica y oficio que podamos aprender en cursos o a base de escribir y tachar; todo lo cual hace que una novela sea publicable. En el sector del diseño de automóviles utilizan una palabra: persistencia, con la que aluden a que hay que hacer un diseño, rehacerlo y hacerlo de nuevo, mejorando en cada iteración, hasta conseguir lo que se pretende. Y esto es algo que sólo depende de usted.”

Acabamos este capítulo con un revelador testimonio de la escritora Nuria Amat extraído de una entrevista a la agencia EFE:

A ella, personalmente –relata la crónica—, se le abrió un mundo cuando descubrió que su amigo Gabriel García Márquez “se hizo escritor aprendiendo de memoria dos novelas importantes: La metamorfosis y Pedro Páramo”.

Ahora sabemos que lo que Gabriel García Márquez hizo memorizando esas novelas fue un ejercicio de práctica intensa. García Márquez forzó a los circuitos de su cerebro a grabar todo un conjunto de estructuras literarias, en definitiva, le “obligó” a aprender a escribir. Todos conocemos los resultados. Y no te quepa la menor duda de que tú también puedes.

EJERCICIO PRÁCTICO

• Analiza cuánto tiempo dedicas diaria y semanalmente a escribir. Anótalo en una agenda. ¿Sigues una rutina diaria? En ese caso, ¿cuántos minutos al día le dedicas? ¿Cuántos días a la semana? ¿Escribes siempre a las mismas horas?

• Planifica tu tiempo. Busca aquellos momentos del día en los que estás libre para escribir y resérvalos en tu agenda. Cuando llegue ese momento del día que has reservado, escribe. No pienses en todo lo que tienes que hacer después de escribir, ni en lo que estabas haciendo antes. Solamente escribe. Es tu momento para escribir. No te saltes ninguna sesión. Sabrás que tienes una cuota diaria de tu tiempo dedicada a escribir, y por lo tanto cada día tendrás una oportunidad para mejorar y progresar.

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