Manual para escribir una novela – LAS 10 CLAVES PARA ESCRIBIR UNA NOVELA. CLAVE Nº4

4. Cómo dar vida a los personajes de ficción

Los personajes serán aquellas personas de ficción, nacidas de tu imaginación, que mediante sus actos ilustrarán tu argumento o idea. Hemos de insistir una vez más en que la trama fluye del personaje. Un grado muy elevado de lo “acertado” que es un personaje aflora cuando genera tanta trama que resulta difícil controlarlo, un proceso conocido como “el personaje que se le escapa al autor de las manos”. Los personajes acertados rebosan contradicciones, hacen que afloren tensiones con todos los demás personajes, tienen secretos y sueños ocultos que otros pagarían por conocer. En una palabra, son fascinantes. Tales personajes son un goce y un placer y casi se podría decir que son quienes escriben los libros en los que ellos aparecen.

Por el contrario, puedes identificar a un personaje desacertado porque son como estatuas de sal en una fiesta: no se relacionan con nadie, no atraen la atención de nadie, nadie quiere saber sus secretos, no sugieren nada interesante que puedan hacer con sus vidas.

Una vez que tienes un argumento para una novela (el tema o idea central) sueles tener ya en mente, por lo menos, algunos de los personajes principales, porque son aquellos cuyos actos, reales y observables, o simplemente probables y evocados en tu imaginación, te sugirieron el argumento. Esencialmente, el novelista encuentra a sus personajes principales del mismo modo que encuentra sus argumentos. Lo difícil radica en conseguir que se conviertan en personajes de carne y hueso a partir de la imagen interiorizada que tienes de ellos.

Antes de comenzar a hablar sobre algunas claves para dar vida a un personaje, quizás deberíamos empezar preguntándonos qué es un personaje. ¿En qué momento un puñado de palabras escritas en un trozo de papel se convierten en una persona ‘real’, viva y humana? ¿Qué significa amar a un personaje de ficción, sentir que lo conocemos? ¿Qué tipo de conocimiento es ese?

Existen muchas formas de crear, de mostrar o simplemente de esbozar un personaje en una narración. Puede tratarse de un personaje protagonista con el que convivimos a lo largo de toda la novela, o simplemente de un personaje secundario que asoma por unos instantes a la narración para cumplir una determinada función y desaparecer. No obstante, sea secundario o principal, protagonista o no, todo personaje creado correctamente deja en el lector una huella duradera.

Así pues: ¿qué es un personaje? Podríamos decir que un personaje parece conectado a la conciencia, al uso de una mente, pero en seguida podemos encontrar muchos y soberbios ejemplos de personajes que parecen pensar muy poco. Por ejemplo, nadie podrá negar que el personaje de Jay Gatsby (“El Gran Gatsby”, F. Scott Fitzgerald, 1925) es humano y, sin embargo, en realidad apenas le vemos pensar.

O, si intentásemos distinguir entre personajes mayores y menores, en términos de sutileza, profundidad o tiempo concedido en la página, podemos llevarnos la sorpresa de que muchos de los personajes considerados secundarios resultan en realidad mucho más vivos y más interesantes, aunque estén poco tiempo con nosotros, que los personajes “redondos” a los que se supone que se hallan supeditados.

Claves

Un personaje logrado posee al menos una cualidad, rasgo o sentimiento con el que todos podemos identificarnos y que bien podemos reconocer en nosotros mismos, o llegar a descubrir en nosotros mismos o en otros a través del propio personaje.

Esta característica responde a unas motivaciones universales inteligibles para todos: el deseo de ser comprendido y amado, de tener éxito, de sobrevivir, de ser libre, de obtener venganza, de remediar el mal, de expresarse en un acto creativo, etc.

Un personaje resulta más conseguido en la medida en que nos invite a depositar parte de nuestra identidad personal en él durante el tiempo que dura la experiencia de la lectura. De esta forma, un personaje tendrá más o menos éxito, resultará más o menos universal, en la medida en que tenga cualidades, emociones y motivaciones que todos hayamos experimentado en uno u otro momento de la vida: la venganza, el enojo, la lujuria, la competitividad, la territorialidad, el patriotismo, el idealismo, el cinismo o la desesperación.

Pero los personajes también deben ser personas únicas, y no criaturas estereotipadas o predecibles y sin defectos. Necesitan buenas dosis por igual de originalidad y universalidad. Un personaje real, como cualquier persona real, no es un simple rasgo, sino una combinación única de muchas pulsiones y cualidades, siendo así que algunas de ellas puedan entrar en conflicto. Y cuanto mayor sea el conflicto, mejor. Un personaje que evidencia una combinación única de impulsos contradictorios, tales como la confianza y la sospecha o la desesperación y la desesperanza, siempre parecerá más realista y humano que uno que muestre solo un rasgo de su carácter.

Decíamos antes que un personaje se convierte en real cuando nos muestra un sentimiento, idea o cualidad que podemos reconocer en nosotros mismos. Partiendo de esta idea, si mostramos a nuestro personaje sintiendo miedo, o amor, o frío, u odio, o cualquier otro sentimiento básico, sin duda nos podrá parecer vivo durante un breve instante, pero no será más que un personaje plano que olvidaremos en cuanto pasemos la página o cerremos el libro. Pensemos por un momento en aquellos personajes de novela que perduran en nuestro recuerdo incluso largo tiempo después de haberla leído. ¿Qué les diferencia entonces de otros que cayeron inmediatamente en el olvido?

La respuesta es: nada. Desde un punto de vista meramente técnico, nada les diferencia de los demás, salvo que nos ayudaron a descubrir algo en nosotros mismos de lo que no éramos conscientes hasta que pudimos identificarnos con ese sentimiento precisamente a través de ellos.

Ese es el verdadero milagro, el gran logro del autor: dotar a su personaje de un rasgo psicológico lo suficientemente profundo como para que no esté al alcance de la vista de cualquiera, pero que reconocemos en nosotros mismos en cuanto nos lo ponen delante.

Veamos un ejemplo. Gurov, el adúltero en el relato de Chejov titulado “La Dama del Perrito”, es un personaje breve, que vive dentro de un relato breve, y sin embargo se nos antoja como un ser absolutamente vivo debido precisamente a que el autor lo dota de un rasgo de una increíble profundidad psicológica, un rasgo muy humano, aunque nada evidente.

El siguiente fragmento reproduce un pasaje clave del pensamiento interiorizado de Gurov que ilustra lo anterior (como antecedente, tienes que saber que Gurov es un hombre casado que acude al encuentro de cierta dama de la que se ha enamorado y con la que se cita en secreto cada vez que ella visita la ciudad. Un día, va él camino de su cita y lleva con él a su hija. La niña va a la escuela, que está en la misma dirección. Y según va caminando y charlando con su hija, está pensando que nadie sabe ni sabrá nunca de esos encuentros secretos. Lo que le pasma es que toda la parte sin valor de su vida, el banco, el club, las conversaciones, las obligaciones sociales, todo eso que a él le resulta falso, sucede a la luz del día, mientras que la parte real e interesante está oculta):

“Llevaba dos vidas: una clara, vista y conocida de todos los que tenían que conocerla, llena de verdad y engaño convencionales, semejante en todo a la de sus amigos y conocidos; y otra que discurría en secreto. Y por una coincidencia singular, tal vez casual, todo aquello que para él era interesante e importante, todo lo que para él era esencial, todo aquello en que no se engañaba a sí mismo y era sincero, todo aquello que constituía la médula de su vida, permanecía oculto a los demás; mientras que todo lo falso, la envoltura exterior en que se escondía para encubrir la verdad (por ejemplo, la actividad en el banco, las discusiones en el club, las alusiones a la ‘raza inferior’, la asistencia a fiestas de aniversario con su esposa), todo eso se desarrollaba a la luz del día. Juzgando a los demás a través de sí mismo, no daba crédito a lo que veía, suponiendo siempre que en cada persona, bajo el manto del misterio como el manto de la noche, se ocultaba la vida verdadera e interesante. Toda existencia individual descansa sobre el misterio, y quizá sea en parte por eso por lo que el hombre civilizado se afana tan nerviosamente en asegurarse el respeto de su intimidad”.

¿Quién no se siente identificado en su fuero interno con estas palabras? ¿Quién no ha sentido alguna vez que su vida es una farsa y que la verdadera satisfacción reside en ciertos aspectos que jamás podría mostrar al exterior? Probablemente la mayoría de nosotros, aunque pocos habrán formulado la idea en su mente de forma consciente. Chejov escribió el relato en 1899 pero sus verdades son universales y a la vez lo suficientemente profundas como para que hayan permanecido ocultas en nuestra mente, aguardando hasta que un personaje de ficción las ponga de manifiesto. He aquí el verdadero logro del autor y de sus personajes.

Herramientas para definir al personaje

Puedes definir a un personaje respondiendo una o varias de las siguientes preguntas acerca de él:

1. ¿Qué deseos mueven al personaje, cual es su motivación, qué es lo que más desea?
2. ¿Qué es lo que más teme?
3. ¿Cuáles son sus debilidades y sus puntos fuertes?
4. ¿Su vida tiene algún secreto? ¿Hay algo que el personaje querría ocultar a los demás por algún motivo (por vergüenza, por miedo, culpa, arrogancia…?
5. ¿Esconde alguna culpa moral? ¿Hay algún suceso de su vida del que se avergüence y por el que sufra remordimientos?
6. ¿Cual es, en el fondo, su problemática existencial?

Estas 6 preguntas son una buena herramienta para definir a los personajes principales de una novela. Piensa que la fuerza de tu novela solo depende de la fuerza que imprimas a tus personajes: unos personajes débiles darán lugar a una narración débil.

¿Y qué es un personaje débil? Lo podríamos definir como aquel que se pasea por la novela sin que podamos dar respuesta a ninguna de esas 6 preguntas acerca de él. Y si el personaje principal es débil, la novela no funcionará.

Por supuesto hay que huir de los tópicos o simplezas; si nos movemos por lugares comunes obtendremos personajes estereotipados sin ningún interés. Como vimos anteriormente, un estereotipo no es un personaje débil en el sentido de que no ofrezca respuesta a las preguntas, sino que las respuestas son demasiado obvias o superficiales. Cuanto más sutiles y más hondas sean las respuestas, más interesantes y más auténticos resultaran tus personajes. Tal vez un estereotipo funcione en determinado tipo de novelas. Lo que no funcionará en ningún caso serán personajes planos que se paseen por la novela sin dudas, sin conflictos, sin miedos, sin deseos…

Una última consideración: no tengas miedo a exagerar con los rasgos o cualidades que imprimas a tu personaje. Lleva su forma de afrontar sus miedos y sus deseos hasta las últimas consecuencias. Ponlo en situaciones difíciles. Sitúalo ante dilemas en los que tenga que tomar partido. Ponlo entre la espada y la pared. Ahonda en su culpa moral, profundiza en sus sentimientos todo lo que sea posible y cuando creas haber llegado al fondo, sigue escarbando porque todavía podrás llegar más lejos. Tal vez te sorprendas al comprobar que lo que en un principio parecía exagerado no lo es tanto, que has puesto de relieve una faceta de tu personaje que lo hace realmente interesante, que lo hace destacar sobre la vulgaridad del mundo.

Recuerda las palabras de F. Scott Fiztgerald:

“Empieza con un individuo y descubrirás que has creado un estereotipo. Comienza con un estereotipo y descubrirás que no has creado nada”.

Puesta en escena

Quizás no hay nada más difícil que la puesta en escena de un personaje de ficción. Es común que los escritores poco experimentados se esfuercen por presentar a sus personajes mediante una enumeración más o menos extensa y estilista de sus características físicas: la fisionomía de su rostro, la ropa que llevan, la expresión de su cara, y todos aquellos rasgos que, en su opinión, describen el carácter del personaje. Incluso, en los peores casos, podemos encontrarnos con una descripción de sus sentimientos, de sus emociones, de sus deseos o miedos. Tal vez el autor piense que cuanto más extensa y más compleja sea la descripción, mejor conoceremos al personaje. Nada más lejos de la realidad. Lo único que habrá conseguido es que lo olvidemos todo en cuanto nuestra atención recaiga sobre el siguiente objeto de interés de la novela.

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo lograr que el lector conozca en el acto a nuestro personaje y se interese por él sin aburrirle con una larga lista de detalles? La forma de identificar una mala descripción de un personaje es visualizar en nuestra mente lo que vemos al leerla. Si la imagen se parece a una fotografía estática, por muy detallada y rica que sea, vamos por el camino equivocado.

El mecanismo efectivo, por tanto, consiste en poner en movimiento el retrato estático. Mantener al personaje en marcha desde el primer momento que entra en escena. No es necesario comenzar con una soporífera descripción de su apariencia. Podemos saber mucho de un personaje por la forma que tiene de hablar, por sus gestos, por su actitud frente al mundo.

Veamos algunos ejemplos. En primer lugar, se trata de la descripción de Gina, la esposa de Richard Tull, protagonista de la novela “La Información”, de Martin Amis. La presentación, una mañana cualquiera durante el desayuno, narrada en estilo indirecto desde el punto de vista del esposo, es como sigue:

“Ahí estaba [Gina], con los labios levemente pintados, algo de maquillaje y un ligero vestido de lana, sosteniendo la taza de té con las manos juntas. Otras prostitutas cuyo lecho había compartido Richard se levantaban hacia las once de la noche para adaptarse a la configuración del mundo exterior. Gina lo hacía todo en veinte minutos. Su organismo no le ponía obstáculos: el pelo lavado y secado rápidamente, las inocentes órbitas que sólo requerían el énfasis más tenue, la lengua asalmonada, los diez segundos de movimiento intestinal, el cuerpo que adoraban todas las prendas. Gina trabajaba dos días a la semana, a veces tres. Lo que hacía, en el ámbito de las relaciones públicas, le resultaba a Richard mucho más misterioso que lo que hacía él, o era incapaz de hacer bien, en su estudio al otro lado del pasillo [se refiere a su oficio como escritor]. Como el sol, ahora, el rostro de Gina impedía toda mirada directa a los ojos, aunque el sol, desde luego, lanza distraídamente sus rayos por todas partes sin importarle quién lo mira.”

Vemos como en el retrato abundan los verbos y la descripción de acciones, logrando transmitir una impresión vívida y a la vez ambigua y repleta de interrogantes que, en cierto sentido, son las mismas dudas e interrogantes que tiene el propio personaje protagonista sobre su esposa.

Veamos ahora un segundo ejemplo, esta vez se corresponde a la novela “Al sur de la frontera, al oeste del Sol” del escritor Haruki Murakami. El protagonista presenta a su joven amiga Shimamoto, de quien, aunque él todavía no lo sabe, acabará enamorándose:

“Se apellidaba Shimamoto. También era hija única. Y, al andar, arrastraba ligeramente la pierna izquierda, secuela de una parálisis infantil que había sufrido al nacer. Venía, además, de otra escuela. Por todo ello, puede afirmarse que acarreaba sobre sus espaldas una carga psicológica incomparablemente más pesada que la mía. Sin embargo, y quizá también por las mismas razones, era, en tanto que hija única, mucho más fuerte y consciente que yo. Jamás se quejaba. No sólo no manifestaba su disgusto con palabras, sino que tampoco lo dejaba translucir en su expresión. Aunque algo le desagradara, sonreía siempre; cuanto más le desagradaba, más sonreía. Y la suya era una sonrisa maravillosa. A mí a veces me confortaba, a veces me alentaba. ¡Tranquilo!, parecía decirme, ¡ánimo! ¡Resiste un poco más y todo pasará! Tiempo después, cada vez que evocaba su rostro, veía aquella sonrisa.”

Murakami utiliza un sencillo truco para distinguir al personaje y hacer que sobresalga entre el resto de chicas de su edad: su cojera en la pierna. A continuación alude a su fortaleza psicológica, dato estático que en realidad no tardaremos en olvidar, y que no es más que un nexo para pasar a la acción describiendo su sonrisa. Esa sonrisa, ese gesto de sonreír ante la adversidad, nos transmite la verdadera impresión del personaje, lo que quedará grabado en nuestra mente al igual que en la del propio protagonista, como él mismo reconoce.

Por último, veamos cómo se presenta a sí mismo el protagonista de la novela ‘Soldados de Salamina‘, de Javier Cercas:

“Tres cosas acababan de ocurrirme por entonces: la primera es que mi padre había muerto; la segunda es que mi mujer me había abandonado; la tercera es que yo había abandonado mi carrera de escritor. Miento. La verdad es que, de esas tres cosas, las dos primeras son exactas, exactísimas; no así la tercera. En realidad, mi carrera de escritor no había acabado de arrancar nunca, así que difícilmente podía abandonarla.”

Esta auto-presentación es, además, prácticamente el inicio del libro. Solo le antecede una frase que anuncia el tema de la novela (“Fue en el verano de 1994, hace ahora más de seis años, cuando oí hablar por primera vez del fusilamiento de Rafael Sánchez Mazas”). Poco más sabremos del narrador-protagonista, de su aspecto físico que esa breve descripción inicial. No lo necesitamos. El autor ha descrito su personaje exponiendo su problemática existencial o, mejor dicho, aquellos aspectos de su problemática existencial que el autor considera relevantes para definir a su personaje. Y con apenas un puñado de frases ha logrado grabarlo en nuestra mente.

En este sentido resultan esclarecedoras las palabras del escritor Milan Kundera sobre la técnica que utiliza para recrear a sus personajes:

[Entrevistador]: […] En ‘La insoportable levedad del ser’, así como Tomás no tiene prácticamente pasado alguno, Teresa, en cambio, es presentada no sólo con su propia infancia, sino incluso con la de su madre.
[Milan Kundera]: En la novela encontrará esta frase: “Su vida no había sido más que una prolongación de la vida de su madre, de la misma forma que el recorrido de una bola de billar es la prolongación del gesto realizado por la mano de un jugador”. Si hablo de la madre no es exactamente para dar información sobre ella, sino porque la madre es su tema principal, porque Teresa es la ‘prolongación de su madre’ y sufre por ello. También sabemos que tiene pechos pequeños con las ‘areolas demasiado grandes y demasiado oscuras rodeando los pezones’ como si los hubiera pintado ‘un pintor campesino que dibujara imágenes obscenas para pobres’; esta información es indispensable, ya que el cuerpo es otro gran tema de Teresa. Por el contrario, en lo concerniente a Tomás, su marido, no cuento nada de su infancia, nada de su padre, de su madre, de su familia, y su cuerpo, así como su cara, nos resultan completamente desconocidos porque la esencia de su problemática existencial tiene sus raíces en otros temas. Esta ausencia de información no lo hace menos vivo. Pues crear un personaje vivo significa: ir hasta el fondo de su problemática existencial. Lo cual significa: ir hasta el fondo de algunas situaciones, de algunos motivos, incluso de algunas palabras con las que está hecho. Nada más.”

EJERCICIO PRÁCTICO

Escoge alguno de tus relatos más recientes:

Analiza cómo has descrito a tu personaje principal. ¿Posee algún rasgo psicológico verdaderamente profundo?

Trata de responder a estas preguntas respecto a tu personaje:

¿Qué es lo que más desea? ¿Qué es lo que más teme?
¿Cual es el rasgo de su personalidad que le impulsa a luchar por sus deseos?
¿Cual es el rasgo de su personalidad que le acerca a sus miedos?

Ahora inventa alguna faceta de su carácter que lo haga alejarse de sus deseos (por ejemplo, desea ser cantante pero tiene miedo a mostrarse en público, etc.).

De igual forma, inventa algún rasgo que le haga acercarse a sus miedos (por ejemplo, es un mujeriego, pero teme que una mujer lo rechace, etc.)

Reescribe los pasajes necesarios para que afloren todas estas contradicciones: sus deseos y temores, sus fortalezas y sus debilidades contrapuestas. No es necesario que extiendas tu relato. Cada rasgo puede mostrarse con una sola pincelada: un gesto, una frase, un pensamiento… (por ejemplo, una mujer atractiva, que se viste de forma sofisticada, aparentemente segura de sí misma, pero cuyas uñas están sucias y mal arregladas, lo cual podría denotar un rasgo infantil, tal vez un tanto despreocupado y soñador, en cualquier caso despertará la curiosidad del lector…)

Examina cómo presentas a tu personaje. Elimina cualquier descripción estática y conviértela en formas verbales que denoten movimiento.

Tal vez, después de revisarlo, tu personaje comience a dejar entrever rasgos ocultos, miedos y deseos no del todo evidentes. Quizás al relacionarse con otros personajes se le escape algún gesto enigmático, puede que empecemos a preguntarnos si no nos estará escondiendo algo. Nos daremos cuenta de que cuanto más se nos revela de él, más incógnitas se nos abren. Tal vez ahora tu personaje comience a estar vivo.

 

portada_curso

 

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *