Espiando a Paul Hébert

Terminar una novela es siempre un momento de celebración, culminar el trabajo de muchos meses, años en ocasiones, provoca una euforia difícilmente explicable para el que no se dedica en cuerpo y alma al arte de poner negro sobre blanco.

Sin embargo, la culminación de una novela también tiene sus aspectos negativos; el primero, sin duda, es el pánico ante una reacción negativa, ya sea de la editorial, o posteriormente de los lectores o, lo que es peor, no causar reacción de ningún tipo.

Otro aspecto negativo es el de despedirte de una historia que has sentido como una vida alternativa desde que comenzaste a trabajar en ella, esas noches frente al ordenador, esas madrugadas, viviendo una vida que no era la tuya, conociendo a tus personajes mucho mejor que ellos se conocen a sí mismos. Tal vez sea por no dejar atrás esos universos que uno firma que muchos escritores escriben segundas, terceras partes (de hecho nosotros tenemos una saga de cuatro libros) pero hay novelas que son como un círculo cerrado, al que no se puede añadir, ni quitar, y en esos casos solo toca despedirse. Un ejemplo es nuestra novela “El Prisionero”. Después de ultimarla y verla publicada ha sido el tema central de muchas conversaciones entre Rafael y yo, que conocemos a su protagonista, Paul Hébert, tan íntimamente que sabemos (sí, he dicho “sabemos”) muchas cosas de su vida que nunca llegaron a reflejarse en las páginas de “El Prisionero”, y que sentimos esa necesidad de sacarlas, de alguna manera. Detalles de su infancia, encuentros y desencuentros con su padre, antes de morir, sabemos muy bien como fue su viaje en avión desde París a Houston, sabemos lo que sintió cuando se encontró por primera vez dentro de su apartamento en la ciudad espacial, tenemos hasta la dirección, hasta el nombre del vecino que le molestaba con la música alta los primeros meses… ¿Escribimos un preludio?, ¿es viable una continuación de “El Prisionero”? No, la respuesta es no.

Y entonces te llega el destino, sin avisar y te pone en la tesitura de realizar un video a base de capturas de pantalla de un móvil para una de nuestras canciones, “Solo yo”, una canción que grabamos en 2004, (que es a su vez una adaptación en español de una canción previa en inglés del año 2000 ) y a mitad de camino comprendes que la letra que se refleja a modo de mensajes de WhatsApp bien pudieran ser los mensajes de texto que un desconsolado Paul Hébert le mandó a su adorada Beatriz, desde la soledad y el terror de Irak, poco antes de ser capturado, poco antes de comenzar la historia de “El Prisionero” No es un booktrailer, tampoco un video musical, ni una mezcla de los dos, es otro pedazo de la vida de Paul Hébert que tenemos la fortuna de compartir en nuestro blog.

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