Reseñas sobre libros y novelas por Rafael Avendaño y Juan Gallardo, autores de la saga “Todo lo que Nunca Hiciste por mí”

El último viaje de Tisbea, una novela muy especial

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«El último viaje de Tisbea» es una novela muy especial, y lo es no solo porque sea la quinta novela que Juan Gallardo y yo publicamos, o por el maravilloso trabajo de edición que ha realizado Ediciones Versátil, «El último viaje de Tisbea» es una novela muy especial porque su protagonista es muy especial:

Tisbea tiene 22 años, agarra un berrinche si no le compran un helado de pistacho, tiene que cruzar una puerta tres veces antes de pasar al otro lado, y jamás ha besado a un chico. David ha intentado suicidarse varias veces. Está ingresado en un centro psiquiátrico. David y Tisbea son amigos, por eso Tisbea se ha propuesto encontrarle a David una razón para vivir, pero fracasa una y otra vez. El problema es que el autismo de Tisbea no le permite percibir el mundo como los demás. Pero, cuando consigue hacerlo gracias a un tratamiento experimental, se da cuenta de lo que esconden las miradas y sonrisas de los que la rodean. El último viaje de Tisbea es una tierna y emotiva historia de superación que nos recuerda que la respuesta a ¿para qué vivir? está más cerca de lo que creemos.

El mundo a través de los ojos de Tisbea

El mundo de Tisbea, una chica de 22 años con autismo de alta funcionalidad, es diferente al de los demás. Su autismo le confiere una gran habilidad para resolver complejos cálculos matemáticos, pero también trae consigo enormes dificultades, sobre todo en las relaciones con otras personas. Tisbea es incapaz de leer las expresiones faciales para identificar las emociones en los rostros. Le cuesta entender bromas, dobles sentidos o el sarcasmo. Tisbea interpreta lo que se dice de un modo muy literal. No entiende la mentira o la falsedad, no concibe que alguien pueda fingir algo diferente de lo que realmente siente.

Tisbea es feliz, a su manera, porque cree que todos los que la rodean también son felices a su lado, ignorante de los problemas que ella misma les causa a sus amigos, compañeros de trabajo y, sobre todo, a su familia.

Los conflictos en su vida aparecen cuando Tisbea trata de hacer las cosas que hace cualquier “chica normal” de su edad. Especialmente en lo referente a las relaciones personales con otros chicos.

Para superar esas dificultades, Tisbea aceptará someterse a un tratamiento que paliará algunos de los síntomas de su autismo. Las mejoras se producen pero, lejos de mejorar su vida, descubrir un mundo repleto de emociones descarnadas le causará una enorme conmoción. «El mundo real» es mucho más despiadado y cruel de lo que ella se hubiera imaginado nunca.

La historia de Tisbea está basada en experiencias reales de personas adultas con autismo que se sometieron a un tratamiento experimental llamado «estimulación magnética transcreaneal». Estos pacientes experimentaron ciertamente un alivio en sus síntomas del autismo, a la vez que fueron incapaces de asumir la nueva realidad que se abría ante ellos, un mundo repleto de emociones, a menudo negativas, que antes les resultaba invisible.

El último Viaje de Tisbea es una mirada al mundo que todos conocemos desde el punto de vista de una persona adulta que lo descubre por primera vez, lo que hará que el propio lector también observe la realidad de otra manera.

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París

Amor infinito

 

Cenas en la más absoluta obscuridad, y es una sensación tan extraña la de no poder ver ni siquiera tu tenedor mientras se clava en la carne de un delicioso filete mignon marinado al whisky Su olor te envuelve antes de llevártelo al paladar.

¡Ding, ding!, hacen los cubiertos al rozarse.

Risas burbujeantes desde la mesa contigua.

—¡Hummmmm! —escuchas frente a ti; es la voz de tu mujer.

—Adivino que te está gustando —dices sonriente, aunque tu sonrisa es invisible en la obscuridad.

Tu mujer se ríe divertida. Escuchar su risa al otro lado de lo obscuro es demasiado maravilloso para explicarlo con simples palabras.

—Muchísimo —te responde, y su voz te estremece como antes.

Esa es la idea, precisamente: en la obscuridad (siempre escribes obscuridad con b porque te parece que sin la b la oscuridad es menos obscura) se agudizan los sentidos, y la carne sabe mejor, y la ensalada, hasta la bebida; aunque a ti lo que más te está agudizando es la sensación de amor que te desborda cuando escuchas la voz de tu mujer, aún más sensual cuando no puedes espiarla con los ojos.

La crema de champiñones…, ¿para qué hablar de ella? ¿Quién se podía imaginar que tal amalgama de sabores podían desprenderse de unos simples hongos?

Tu mujer, sin embargo, se ha decantado por el pollo con pasta, más mediterráneo, más italiano; a ti, esta noche al menos, y después del día que has pasado, te fascina comer la comida más francesa posible.

Eso sí, tienes que tener un cuidado tremendo para no tirar la copa de vino cada vez que quieres darle un sorbo a tu Bourgogne Pinot Noir.

Ha sido un día maravilloso y la velada es sencillamente deliciosa. No es la primera vez que pasas un día en París con tu esposa, pero desde luego está siendo el mejor con mucha diferencia.

Llegasteis a media mañana a la soberbia, inmensa y concurridísima Estación del Este, donde, arrullado por los ecos de los pájaros, el sol se cuela y se curva como si quisiera acariciarla por dentro, tras un viaje en tren de un par de horas que se pasaron en una brisa de café con leche y camareros tan amables que en ocasiones tu esposa, que no es francesa, tuvo que contener la risa.

Un taxi os llevó al barrio bohemio del Montmartre, que escondía su magia detrás de cada esquina esperando a que la cruzaras para sorprenderte, y de una esquina a otra surcasteis sus calles, angostas y zigzagueantes, cuesta arriba hasta llegar a la zona en la que se apiñan los pintores callejeros. Entre pinturas y aroma de café, divisaste la torre Eiffel como desde lo alto de una montaña.

Cuentan que cuando inauguraron la basílica del Sagrado Corazón, coronando este mágico distrito de Montmartre, mucha gente estaba indignadísima y el dueño del Moulin Rouge vino corriendo a la iglesia, gritando «¡Viva el demonio! ¡El demonio!», a lo que le respondieron: «En realidad, caballero, ¡el demonio está en el Moulin Rouge!».

Por estas mismas calles, en las que presumes de tu amor, caminó Picasso —eso pensaste mientras alcanzabais la plaza Tertre—. Una vez ahí, quisieras haber arramblado con todos esos cuadros, pero comprendiste que, en realidad, te los estabas llevando iluminados por la sonrisa de tu mujer, que paseaba entre los pintores como la mejor obra de arte que jamás hubiera culminado aquel cerro milagroso.

Caminabas junto a ella y sus palabras sonaban a rumor de agua, y sentías que orbitabas alrededor de sus ojos. Pensaste en besarla, pero imaginaste un beso perfecto al final del día, cuando tu esposa se sintiera completamente abrumada por el recuerdo de un día en París.

Después buceaste por las entrañas de la ciudad de la luz cogiendo el metro, la línea que os llevaba a la estación del Sena, y dentro de ese tren subterráneo un tipo bajito al que le adivinabas mal aliento tocaba con entusiasmo una pieza de Edith Piaf, tan típico como francés, tan decadente como maravilloso. Nadie miraba al tipo, solo tu esposa, tú no podías apartar la mirada de ella, sintiendo su fascinación ante cada nota, cada sentimiento.

 

Ella no mira el suelo

y sus ojos amorosos

y los dedos largos y fuertes del artista

le llegan al alma.

 

Cuando eras un niño te burlabas de los acordeonistas del metro, pero esta tarde te sentiste bendecido por la presencia de ese hombre bajito, de pelo cano con entradas.

Eras tan feliz dentro de ese metro que te preguntaste incluso quién eras. ¿Estabas interpretando un papel para retener la felicidad? ¿Estabas realmente disfrutando tanto de la ciudad, o estabas convenciéndote de que lo hacías para mantener la ilusión de la felicidad intocable, perfecta? Y recordaste entonces que tu tendencia a sobreanalizar a veces te hace perderte la vida, y este es un día para reflexionarlo después, no mientras ocurre, y recordaste también que con tu esposa no vas de nada, no interpretas nada; de hecho, es solo con ella con quien sientes que puedes actuar en piloto automático, y ese tú que se mueve por sí mismo debe ser, por lógica, lo más parecido a tu yo de verdad.

Eso es —concluiste—: somos nosotros cuando no pensamos, cuando no nos damos cuenta, cuando no nos prestamos atención; tanto es así que luego no somos capaces de recordarnos, tal vez por eso sea tan difícil ser uno mismo, porque intentarlo es fracasar —y con esa última reflexión decidiste dejar de pensar y dedicarte a vivir el día desde dentro, no desde fuera—.

Así que saliste abrazado a ella en la estación Saint Michel, en el centro mismo de París, junto al Sena, donde te encontraste con los quioscos verdes, con los libros de segunda mano, libros que han pasado por decenas de manos parisinas, algunos tan antiguos que pudieron pasar delante de los estrábicos ojos de Sartre y tal vez atesoren alguna brizna del humo de su pipa; y rodeando esos libros, como si los adornaran, había postales y había réplicas, todo a las orillas de las aguas mansas que avanzan día y noche, sin memoria, por el Sena, aguas que corrieron manchadas de sangre en demasiadas ocasiones, que siempre fueron capaces de fluir dentro de su propio olvido, aquellas mismas aguas en las que Grenouille, el protagonista de El perfume, era capaz de captar aromas que le llegaban como un eco sordo desde su desembocadura en el canal de la Mancha.

Luego tuvisteis tiempo para una visita de un par de horas al museo D’Orsay, dos horas que fueron dos segundos de Monet, de Renoir, de Degas…

… de Van Gogh…

Y os pasasteis media hora frente a tu cuadro preferido, el Baile en el Moulin de la Galette, una obra que Renoir pintó precisamente en el distrito de Montmartre, de donde acababais de venir, y mirando el cuadro, embelesado, creíste escuchar la música de vals que tiene cautivados a sus personajes y provoca las sonrisas, las inocentes y también las cargadas de melancolía, y encontraste otra cara que no recordabas, y tu mujer encontró otra, y os inventasteis una historia para cada una de ellas. Historias cargadas de figuras retóricas, de sinestesias y de hipérbatos; y, por supuesto, de hipérboles.

—Y ahora —le dijiste mientras salíais del museo— vamos a cenar en un sitio superespecial.

Tu esposa simplemente alza las cejas y aprieta los labios, expectante.

—El restaurante Dans le Noir —le dices—, donde la comida se sirve en la obscuridad, con b.

—¿En la obscuridad? —responde divertida.

—Así es, antes de entrar al comedor te dejan echarle un vistazo a la carta para que pidas, pero cuando pasas… ¡luces fuera!

Y así es como terminaste cenando junto a tu esposa entre las sombras, adivinando su sonrisa, entre ding dings, entre susurros… Dicen que los enamorados no tienen nunca hambre, pero ese filete no necesita hambre para que pierdas la cabeza por él.

Delicioso hasta el silencio, silencio que quisieras cortar con un cuchillo, una rodajita apenas…, y darle un bocado o guardártelo para después, para cuando lo necesites.

Quieres besarla, pero sientes que no ha llegado el momento perfecto.

—Cariño —dices entonces a tu esposa—, ¿qué te parecería si termináramos el día con un poco de rock and roll?

No le ves la cara, pero adivinas su sonrisa al otro lado de las sombras.

—De acuerdo, cariño, ¿dónde quieres ir?

—No te imaginas quién toca cerca de aquí esta noche.

—¿Quién?

—Eagles of Death Metal.

—¿Estás de broma? ¿Dónde?

—En una sala muy famosa; se llama Bataclan.

Y recuerdas que es viernes, el día de Venus, el día afrodisiaco, y que es día 13, y que eso de viernes y 13 dicen que trae muy mala suerte entre los sajones, pero tú no eres anglosajón ni tu esposa tampoco.

 

***

 

Y llegas a la sala Bataclan y la expectación es enorme; y te sorprende que haya tanta gente y tanto parisino que conozca a uno de tus grupos de rock favoritos que pensabas que solo conocían cuatro gatos y los cuatro eran norteamericanos. Muchas veces has dudado de si tu esposa compartía tus gustos musicales solo para llevarte la corriente, pero viste la expectación en sus ojos y comprendiste que le gusta vibrar con la música tanto como a ti.

Es una sala preciosa, como un cabaré con esos palcos en el segundo nivel y esas bombillas que parecen de feria, y el color rojo, ese color rojo como la sangre que se llevó el Sena.

Eagles of Death Metal te fascina porque son literalmente lo que cabe esperar de un maldito grupo de rock and roll, sin experimentos, sin ganas de salvar el mundo, sin armonizar voces ni intención alguna de revolucionar la música, solo ganas de meter caña con canciones sobre absolutamente cada maldita cosa que les dé la gana. Uno de esos grupos de los que ya no hay.

Y comienza el espectáculo. Te sientes un poco decepcionado de que Josh Homme no esté en el escenario. Josh es una leyenda para ti, uno de esos tipos que no está en primera línea de nada pero están en segunda línea de todo; ha colaborado hasta con Dave Grohl, el ex Nirvana de los Foo Fighters. Josh es uno de los fundadores de Eagles of Death Metal, pero solo aparece en sus conciertos en contadas ocasiones.

Comienzan con una de tus canciones preferidas —«I Only Want you»—, que siempre te ha recordado a Prince, pero bastante acelerado.

—Esto es Prince con esteroides —le dices a tu esposa. No sabes si te ha entendido o no, pero sonríe extasiada.

Menudo día, joder —te dices a ti mismo y te das cuenta de que el rock and roll ya está cambiando tu vocabulario.

Estáis en tercera fila, a unos dos putos metros del escenario. «I Only Want You» termina de manera explosiva.

—Damas y caballeros…, ¿lo estáis pasando bien? —grita Jesse Hughes, el cantante—. ¡Esta noche, si estáis dispuestos, podéis ser poseídos por el espíritu de Rock and Roll! ¿Estáis dispuestos? ¡Cuánto os quiero a todos, coño, hijos de puta!

Comienza a sonar «Complexity», la canción que abre su último disco. Tu mujer está literalmente gritando la letra. «Mañana va a estar ronca», piensas y sonríes.

«Joder, hace un rato escuchaba a Edith Piaf y ahora tengo delante a Eagles of Death Metal», piensas, y es que no paras de pensar, a pesar de tus propios consejos.

Y así sigue todo, entre saltos y euforia, una canción tras otra al ritmo de los vaivenes de la multitud. Un día perfecto surcando el corazón de París y coronado por un conciertazo memorable junto a la persona que más quieres en este mundo.

Este es sin duda el día más feliz de tu vida.

 

***

 

Cuando los primeros disparos irrumpen en la sala Bataclan, durante esa sección instrumental de «Kiss the Devil», tu esposa te mira como extrañada. ¿Qué ha sido eso? ¿Fuegos artificiales? ¿Problemas con el sonido?

Miras en todas direcciones. Eagles of Death Metal deja de tocar y el escenario ya solo emite un silencio angustioso y confuso.

La confusión no es algo tan malo, la certeza es mucho peor.

Tu imaginación se resiste a esa certeza durante un segundo o dos. Incluso cuando ves los primeros Kalashnikov contemplas la posibilidad de que sea todo una especie de broma elaborada, parte del espectáculo. Incluso después de los primeros gritos y de los primeros disparos.

 

La mitad invisible_2000px

«La mitad invisible» ya a la venta, continuación de «Las flores de otro mundo» y de «Todo lo que nunca hiciste por mi»

La mitad invisible_2000pxYa está a la venta nuestra novela «La mitad invisible», continuación de «Las flores de otro mundo» y de «Todo lo que nunca hiciste por mi». Editada por Click Ediciones, se puede descargar desde cualquier plataforma de venta de ebooks.

Sinopsis:

Una amenaza silenciosa está creciendo dentro de TOR, la red oscura, también llamada «la mitad invisible» de Internet. ISIS planea el atentado más terrorífico de la historia, y ni los omnipresentes servicios de inteligencia de Estados Unidos pueden hacer nada para evitarlo.

Después de su valiente hazaña capturando al perverso Telmo Vargas, Carla Barceló se dará de bruces con la amenaza yihadista al investigar la extraña muerte de uno de sus nuevos compañeros de trabajo. Carla tendrá que enfrentarse a un nuevo enigma y al submundo tenebroso que se aloja en la «mitad invisible».

Al mismo tiempo, en Houston, Rachel Meza, una niña preadolescente a quien los servicios sociales mandan de una familia a otra a la espera de una improbable adopción, guarda un secreto increíble: Rachel es en realidad la persona detrás del pseudónimo Orkut, el hacker más perseguido del planeta. Mientras intenta ser aceptada por su nueva familia de acogida, Rachel se verá involucrada en el reto de descodificar la red TOR, la única manera de poder hacer frente a la amenaza terrorista.

La Mitad Invisible desentraña, además, la vida olvidada de Max NN, quien tras descubrir la verdadera historia de sus padres, conectada irremediablemente al desastre nuclear de Chernóbil y la muerte de su hermano, se verá arrastrado a formar parte de una organización criminal en San Petersburgo. Allí, una turbulenta pasión amorosa lo empujará hacia una espiral de violencia que explicará en buena parte el origen del enigmático personaje que conocimos al principio de “Todo lo que Nunca Hiciste por Mí”. Un pasado que extiende sus oscuros tentáculos hasta el presente, en una conspiración que atrapará a Carla, a Alicia y a Eva Luna en el devenir de los acontecimientos.

Los hechos y personajes de La Mitad Invisible se extienden a lo largo y ancho de todo el mundo, desde Estados Unidos hasta Ucrania pasando por la España del siglo XIX, en una historia que encuentra sus raíces en la enigmática figura de Francisco de Goya y su conexión con un no menos intrigante matemático que proporcionará, sin ellos saberlo, la llave para salvar a la Humanidad doscientos años más tarde.

La Mitad Invisible sigue la tradición de los libros de sus autores de proporcionar una lectura amena, clara y absorbente que no permitirá al lector despegarse del libro hasta su conclusión.

La Mitad Invisible es la continuación de «Las Flores de Otro Mundo»

Todo lo que nunca hiciste por mi – Segunda parte

Las Flores de Otro Mundo es la segunda parte de “Todo lo que nunca hiciste por mi”.

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SINOPSIS

Las flores de otro mundo es la esperada segunda parte de Todo lo que Nunca Hiciste por mi.

Míralas atentamente. Descubrirás que son mujeres especiales, raras, hermosas, exóticas y potencialmente peligrosas, como flores de otro mundo.

Carla, experta en redes sociales, debe lanzarse sin reserva a un letal duelo de ingenio con el ciberacosador más frio y aterrador con el que jamás se ha enfrentado. El sádico ciber asesino, que cree haber encontrado en Carla una adversaria con una inteligencia a su altura, pondrá a prueba a la mujer extendiendo a su alrededor una macabra red de extorsión. Se llevará una sorpresa cuando Carla, lejos de oponer resistencia, acabe sometiéndose a sus chantajes, accediendo a cometer cualquier crimen con tal de proteger a su hijo. Pero cuando el asesino se dispone a dar el golpe de gracia, con Carla internada en un centro psiquiátrico bajo su control, la situación dará un inesperado giro de 180 grados.

Eva Luna, víctima de abusos en la infancia y poseedora de una intuición casi sobrenatural para identificar los traumas de las personas que la rodean, se esfuerza por recuperar la vida plena de felicidad que siempre soñó. Pero, cuando en su vida se cruzan otras mujeres que sufren maltratos, intentará librarlas de los hombres que las amenazan usando métodos nada ortodoxos.

Alicia, la joven adolescente acusada injustamente de maltratar a su hermano pequeño, huye de casa. Sola, en una ciudad hostil, tendrá que luchar por sobrevivir. Y es que Alicia es una chica de 16 años muy valiente. Pero ahora Alicia necesitará algo más que valor para sacar a su amiga Erika de las garras de la red de prostitución juvenil en la que ha caído.

Tres mujeres cuyos caminos están irremediablemente unidos al de Max, el misterioso hombre que ansia recuperar sus recuerdos. Sin embargo, cuando Max descubre que fue el protagonista de una sangrienta historia donde la mujer que amaba acabó pagando las consecuencias de su sed de venganza, tendrá que decidir entre acabar lo que empezó o darle la espalda a sus enemigos y asumir su amnesia como una nueva oportunidad.

Las Flores de Otro Mundo es una historia cargada de suspense y emociones, que se lee compulsivamente y en la que late, de fondo, el destino de unos personajes que se niegan a mirar para otro lado cuando la injusticia se despliega a su alrededor.

 

EVA LUNA

EVA LUNA

No soy capaz de expresar con palabras lo que me cuesta enfrentarme a esta página desolada.

No es la primera vez que escribo en una de estas hojas, pero me resulta igual de duro que la primera vez, o incluso más. No es fácil mostrar, aunque sea mediante palabras y en hojas de papel que no leerá nunca nadie, lo indigno de mi carácter, la dureza de sentir que la vida se te ha escapado, que no eres más que una farsante en una vida que no te corresponde.

Pero da igual. Por mucho que escriba mi historia siempre estará incompleta. Porque yo estoy incompleta.

Yo no soy Eva Luna, yo soy la mitad de Eva Luna. La mitad de lo que era.

La mitad de mi prima Clara, mi ancla, sigue sin aparecer. Y mi tía no ha vuelto a visitarnos.

Antes de que mi madre nos abandonara, antes de los abusos sexuales de mi padre, las cosas estaban mejor, por supuesto, aunque estaban muy lejos de lo que llamaríamos una situación familiar idílica.

No. Tengo que irme muy atrás para recordar lo que es la felicidad. Es como escarbar en la tierra, hacer un agujero profundo y meterte en él. Una vez dentro, vuelves a escarbar, así una y otra vez, hasta que miras hacia arriba y solo ves un pequeño punto de luz sobre tu cabeza. Y ni siquiera entonces has llegado a tu destino.

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Espiando a Paul Hébert

Terminar una novela es siempre un momento de celebración, culminar el trabajo de muchos meses, años en ocasiones, provoca una euforia difícilmente explicable para el que no se dedica en cuerpo y alma al arte de poner negro sobre blanco.

Sin embargo, la culminación de una novela también tiene sus aspectos negativos; el primero, sin duda, es el pánico ante una reacción negativa, ya sea de la editorial, o posteriormente de los lectores o, lo que es peor, no causar reacción de ningún tipo.

Otro aspecto negativo es el de despedirte de una historia que has sentido como una vida alternativa desde que comenzaste a trabajar en ella, esas noches frente al ordenador, esas madrugadas, viviendo una vida que no era la tuya, conociendo a tus personajes mucho mejor que ellos se conocen a sí mismos. Tal vez sea por no dejar atrás esos universos que uno firma que muchos escritores escriben segundas, terceras partes (de hecho nosotros tenemos una saga de cuatro libros) pero hay novelas que son como un círculo cerrado, al que no se puede añadir, ni quitar, y en esos casos solo toca despedirse. Un ejemplo es nuestra novela “El Prisionero”. Después de ultimarla y verla publicada ha sido el tema central de muchas conversaciones entre Rafael y yo, que conocemos a su protagonista, Paul Hébert, tan íntimamente que sabemos (sí, he dicho “sabemos”) muchas cosas de su vida que nunca llegaron a reflejarse en las páginas de “El Prisionero”, y que sentimos esa necesidad de sacarlas, de alguna manera. Detalles de su infancia, encuentros y desencuentros con su padre, antes de morir, sabemos muy bien como fue su viaje en avión desde París a Houston, sabemos lo que sintió cuando se encontró por primera vez dentro de su apartamento en la ciudad espacial, tenemos hasta la dirección, hasta el nombre del vecino que le molestaba con la música alta los primeros meses… ¿Escribimos un preludio?, ¿es viable una continuación de “El Prisionero”? No, la respuesta es no.

Y entonces te llega el destino, sin avisar y te pone en la tesitura de realizar un video a base de capturas de pantalla de un móvil para una de nuestras canciones, “Solo yo”, una canción que grabamos en 2004, (que es a su vez una adaptación en español de una canción previa en inglés del año 2000 ) y a mitad de camino comprendes que la letra que se refleja a modo de mensajes de WhatsApp bien pudieran ser los mensajes de texto que un desconsolado Paul Hébert le mandó a su adorada Beatriz, desde la soledad y el terror de Irak, poco antes de ser capturado, poco antes de comenzar la historia de “El Prisionero” No es un booktrailer, tampoco un video musical, ni una mezcla de los dos, es otro pedazo de la vida de Paul Hébert que tenemos la fortuna de compartir en nuestro blog.

Primer capítulo de la novela El Prisionero

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París

Amor infinito

 

Cenas en la más absoluta obscuridad, y es una sensación tan extraña la de no poder ver ni siquiera tu tenedor mientras se clava en la carne de un delicioso filete mignon marinado al whisky Su olor te envuelve antes de llevártelo al paladar.

¡Ding, ding!, hacen los cubiertos al rozarse.

Risas burbujeantes desde la mesa contigua.

—¡Hummmmm! —escuchas frente a ti; es la voz de tu mujer.

—Adivino que te está gustando —dices sonriente, aunque tu sonrisa es invisible en la obscuridad.

Tu mujer se ríe divertida. Escuchar su risa al otro lado de lo obscuro es demasiado maravilloso para explicarlo con simples palabras.

—Muchísimo —te responde, y su voz te estremece como antes.

Esa es la idea, precisamente: en la obscuridad (siempre escribes obscuridad con b porque te parece que sin la b la oscuridad es menos obscura) se agudizan los sentidos, y la carne sabe mejor, y la ensalada, hasta la bebida; aunque a ti lo que más te está agudizando es la sensación de amor que te desborda cuando escuchas la voz de tu mujer, aún más sensual cuando no puedes espiarla con los ojos.

La crema de champiñones…, ¿para qué hablar de ella? ¿Quién se podía imaginar que tal amalgama de sabores podían desprenderse de unos simples hongos?

Tu mujer, sin embargo, se ha decantado por el pollo con pasta, más mediterráneo, más italiano; a ti, esta noche al menos, y después del día que has pasado, te fascina comer la comida más francesa posible.

Eso sí, tienes que tener un cuidado tremendo para no tirar la copa de vino cada vez que quieres darle un sorbo a tu Bourgogne Pinot Noir.

Ha sido un día maravilloso y la velada es sencillamente deliciosa. No es la primera vez que pasas un día en París con tu esposa, pero desde luego está siendo el mejor con mucha diferencia.

Llegasteis a media mañana a la soberbia, inmensa y concurridísima Estación del Este, donde, arrullado por los ecos de los pájaros, el sol se cuela y se curva como si quisiera acariciarla por dentro, tras un viaje en tren de un par de horas que se pasaron en una brisa de café con leche y camareros tan amables que en ocasiones tu esposa, que no es francesa, tuvo que contener la risa.

Un taxi os llevó al barrio bohemio del Montmartre, que escondía su magia detrás de cada esquina esperando a que la cruzaras para sorprenderte, y de una esquina a otra surcasteis sus calles, angostas y zigzagueantes, cuesta arriba hasta llegar a la zona en la que se apiñan los pintores callejeros. Entre pinturas y aroma de café, divisaste la torre Eiffel como desde lo alto de una montaña.

Cuentan que cuando inauguraron la basílica del Sagrado Corazón, coronando este mágico distrito de Montmartre, mucha gente estaba indignadísima y el dueño del Moulin Rouge vino corriendo a la iglesia, gritando «¡Viva el demonio! ¡El demonio!», a lo que le respondieron: «En realidad, caballero, ¡el demonio está en el Moulin Rouge!».

Por estas mismas calles, en las que presumes de tu amor, caminó Picasso —eso pensaste mientras alcanzabais la plaza Tertre—. Una vez ahí, quisieras haber arramblado con todos esos cuadros, pero comprendiste que, en realidad, te los estabas llevando iluminados por la sonrisa de tu mujer, que paseaba entre los pintores como la mejor obra de arte que jamás hubiera culminado aquel cerro milagroso.

Caminabas junto a ella y sus palabras sonaban a rumor de agua, y sentías que orbitabas alrededor de sus ojos. Pensaste en besarla, pero imaginaste un beso perfecto al final del día, cuando tu esposa se sintiera completamente abrumada por el recuerdo de un día en París.

Después buceaste por las entrañas de la ciudad de la luz cogiendo el metro, la línea que os llevaba a la estación del Sena, y dentro de ese tren subterráneo un tipo bajito al que le adivinabas mal aliento tocaba con entusiasmo una pieza de Edith Piaf, tan típico como francés, tan decadente como maravilloso. Nadie miraba al tipo, solo tu esposa, tú no podías apartar la mirada de ella, sintiendo su fascinación ante cada nota, cada sentimiento.

 

Ella no mira el suelo

y sus ojos amorosos

y los dedos largos y fuertes del artista

le llegan al alma.

 

Cuando eras un niño te burlabas de los acordeonistas del metro, pero esta tarde te sentiste bendecido por la presencia de ese hombre bajito, de pelo cano con entradas.

Eras tan feliz dentro de ese metro que te preguntaste incluso quién eras. ¿Estabas interpretando un papel para retener la felicidad? ¿Estabas realmente disfrutando tanto de la ciudad, o estabas convenciéndote de que lo hacías para mantener la ilusión de la felicidad intocable, perfecta? Y recordaste entonces que tu tendencia a sobreanalizar a veces te hace perderte la vida, y este es un día para reflexionarlo después, no mientras ocurre, y recordaste también que con tu esposa no vas de nada, no interpretas nada; de hecho, es solo con ella con quien sientes que puedes actuar en piloto automático, y ese tú que se mueve por sí mismo debe ser, por lógica, lo más parecido a tu yo de verdad.

Eso es —concluiste—: somos nosotros cuando no pensamos, cuando no nos damos cuenta, cuando no nos prestamos atención; tanto es así que luego no somos capaces de recordarnos, tal vez por eso sea tan difícil ser uno mismo, porque intentarlo es fracasar —y con esa última reflexión decidiste dejar de pensar y dedicarte a vivir el día desde dentro, no desde fuera—.

Así que saliste abrazado a ella en la estación Saint Michel, en el centro mismo de París, junto al Sena, donde te encontraste con los quioscos verdes, con los libros de segunda mano, libros que han pasado por decenas de manos parisinas, algunos tan antiguos que pudieron pasar delante de los estrábicos ojos de Sartre y tal vez atesoren alguna brizna del humo de su pipa; y rodeando esos libros, como si los adornaran, había postales y había réplicas, todo a las orillas de las aguas mansas que avanzan día y noche, sin memoria, por el Sena, aguas que corrieron manchadas de sangre en demasiadas ocasiones, que siempre fueron capaces de fluir dentro de su propio olvido, aquellas mismas aguas en las que Grenouille, el protagonista de El perfume, era capaz de captar aromas que le llegaban como un eco sordo desde su desembocadura en el canal de la Mancha.

Luego tuvisteis tiempo para una visita de un par de horas al museo D’Orsay, dos horas que fueron dos segundos de Monet, de Renoir, de Degas…

… de Van Gogh…

Y os pasasteis media hora frente a tu cuadro preferido, el Baile en el Moulin de la Galette, una obra que Renoir pintó precisamente en el distrito de Montmartre, de donde acababais de venir, y mirando el cuadro, embelesado, creíste escuchar la música de vals que tiene cautivados a sus personajes y provoca las sonrisas, las inocentes y también las cargadas de melancolía, y encontraste otra cara que no recordabas, y tu mujer encontró otra, y os inventasteis una historia para cada una de ellas. Historias cargadas de figuras retóricas, de sinestesias y de hipérbatos; y, por supuesto, de hipérboles.

—Y ahora —le dijiste mientras salíais del museo— vamos a cenar en un sitio superespecial.

Tu esposa simplemente alza las cejas y aprieta los labios, expectante.

—El restaurante Dans le Noir —le dices—, donde la comida se sirve en la obscuridad, con b.

—¿En la obscuridad? —responde divertida.

—Así es, antes de entrar al comedor te dejan echarle un vistazo a la carta para que pidas, pero cuando pasas… ¡luces fuera!

Y así es como terminaste cenando junto a tu esposa entre las sombras, adivinando su sonrisa, entre ding dings, entre susurros… Dicen que los enamorados no tienen nunca hambre, pero ese filete no necesita hambre para que pierdas la cabeza por él.

Delicioso hasta el silencio, silencio que quisieras cortar con un cuchillo, una rodajita apenas…, y darle un bocado o guardártelo para después, para cuando lo necesites.

Quieres besarla, pero sientes que no ha llegado el momento perfecto.

—Cariño —dices entonces a tu esposa—, ¿qué te parecería si termináramos el día con un poco de rock and roll?

No le ves la cara, pero adivinas su sonrisa al otro lado de las sombras.

—De acuerdo, cariño, ¿dónde quieres ir?

—No te imaginas quién toca cerca de aquí esta noche.

—¿Quién?

—Eagles of Death Metal.

—¿Estás de broma? ¿Dónde?

—En una sala muy famosa; se llama Bataclan.

Y recuerdas que es viernes, el día de Venus, el día afrodisiaco, y que es día 13, y que eso de viernes y 13 dicen que trae muy mala suerte entre los sajones, pero tú no eres anglosajón ni tu esposa tampoco.

 

***

 

Y llegas a la sala Bataclan y la expectación es enorme; y te sorprende que haya tanta gente y tanto parisino que conozca a uno de tus grupos de rock favoritos que pensabas que solo conocían cuatro gatos y los cuatro eran norteamericanos. Muchas veces has dudado de si tu esposa compartía tus gustos musicales solo para llevarte la corriente, pero viste la expectación en sus ojos y comprendiste que le gusta vibrar con la música tanto como a ti.

Es una sala preciosa, como un cabaré con esos palcos en el segundo nivel y esas bombillas que parecen de feria, y el color rojo, ese color rojo como la sangre que se llevó el Sena.

Eagles of Death Metal te fascina porque son literalmente lo que cabe esperar de un maldito grupo de rock and roll, sin experimentos, sin ganas de salvar el mundo, sin armonizar voces ni intención alguna de revolucionar la música, solo ganas de meter caña con canciones sobre absolutamente cada maldita cosa que les dé la gana. Uno de esos grupos de los que ya no hay.

Y comienza el espectáculo. Te sientes un poco decepcionado de que Josh Homme no esté en el escenario. Josh es una leyenda para ti, uno de esos tipos que no está en primera línea de nada pero están en segunda línea de todo; ha colaborado hasta con Dave Grohl, el ex Nirvana de los Foo Fighters. Josh es uno de los fundadores de Eagles of Death Metal, pero solo aparece en sus conciertos en contadas ocasiones.

Comienzan con una de tus canciones preferidas —«I Only Want you»—, que siempre te ha recordado a Prince, pero bastante acelerado.

—Esto es Prince con esteroides —le dices a tu esposa. No sabes si te ha entendido o no, pero sonríe extasiada.

Menudo día, joder —te dices a ti mismo y te das cuenta de que el rock and roll ya está cambiando tu vocabulario.

Estáis en tercera fila, a unos dos putos metros del escenario. «I Only Want You» termina de manera explosiva.

—Damas y caballeros…, ¿lo estáis pasando bien? —grita Jesse Hughes, el cantante—. ¡Esta noche, si estáis dispuestos, podéis ser poseídos por el espíritu de Rock and Roll! ¿Estáis dispuestos? ¡Cuánto os quiero a todos, coño, hijos de puta!

Comienza a sonar «Complexity», la canción que abre su último disco. Tu mujer está literalmente gritando la letra. «Mañana va a estar ronca», piensas y sonríes.

«Joder, hace un rato escuchaba a Edith Piaf y ahora tengo delante a Eagles of Death Metal», piensas, y es que no paras de pensar, a pesar de tus propios consejos.

Y así sigue todo, entre saltos y euforia, una canción tras otra al ritmo de los vaivenes de la multitud. Un día perfecto surcando el corazón de París y coronado por un conciertazo memorable junto a la persona que más quieres en este mundo.

Este es sin duda el día más feliz de tu vida.

 

***

 

Cuando los primeros disparos irrumpen en la sala Bataclan, durante esa sección instrumental de «Kiss the Devil», tu esposa te mira como extrañada. ¿Qué ha sido eso? ¿Fuegos artificiales? ¿Problemas con el sonido?

Miras en todas direcciones. Eagles of Death Metal deja de tocar y el escenario ya solo emite un silencio angustioso y confuso.

La confusión no es algo tan malo, la certeza es mucho peor.

Tu imaginación se resiste a esa certeza durante un segundo o dos. Incluso cuando ves los primeros Kalashnikov contemplas la posibilidad de que sea todo una especie de broma elaborada, parte del espectáculo. Incluso después de los primeros gritos y de los primeros disparos.

Cuando ves la sangre cortando el aire y que las personas circundantes comienzan a caer como moscas, en caída libre, como si el suelo se hubiera abierto a sus pies, es cuando sabes que la muerte baila a tu alrededor, ansiosa por tocarte y envolverte con su obscuridad.

—¡Alah Akbar! ¡Alah Akbar! —grita uno de los hombres armados mientras dispara indiscriminadamente a la multitud.

Como si se abrieran nuevos agujeros en el suelo, más y más cuerpos caen sin vida a tu alrededor atravesados por las balas.

La vista se te va por un instante al panel de control que hay en la parte trasera de la sala: los botones de las mesas de mezclas saltan por los aires describiendo parábolas entre el humo, salpicados de la sangre que también surca el aire y atraviesa el humo.

A tu derecha distingues a un hombre corpulento que cubre con sus brazos a un grupo de personas, está haciendo de escudo humano para salvar la vida a unos cuantos jóvenes, tal vez sus hijos, tal vez unos desconocidos.

Tú harías lo mismo por tu esposa. Comprendes entonces que llevas dos segundos eternos paralizado, como si tuvieras los pies clavados en el suelo. Es entonces cuando, jaleado por una nueva ráfaga de disparos, entras en acción.

Se llama instinto de supervivencia. Tu subconsciente toma el control de tu cuerpo y tú ya no decides nada, como si una fuerza invisible se apoderase de tus músculos, pensara a la velocidad del rayo y trabajase para salvar tu vida. Tú simplemente te dejas hacer.

Te dejas hacer aún más cuando compruebas que, efectivamente, tu subconsciente la quiere más a ella, a tu esposa, de la que te habías olvidado durante un largo segundo sobrecogido por el absurdo de la situación. La coges del brazo con fuerza mientras otro cuerpo se derrumba a tu lado y te la llevas contigo en dirección al escenario como si fuera una muñeca de trapo.

Te deslizas como un gato, corriendo agachado. Tu esposa sigue junto a ti, tu mano derecha soldada a su antebrazo. Está gritando. Disparos, disparos, disparos, mientras un manto de muerte se va extendiendo a tu alrededor.

Y que grite es algo maravilloso porque sus gritos significan que está viva. De la humedad que sientes en el vientre te preocuparás más adelante; puede ser tu sangre, puede ser la de ella, pero también puede ser la sangre de otras personas.

Otro hombre muere acribillado interponiéndose entre las balas y dos personas a las que abraza con fuerza. Otro acto de amor en el centro del infierno.

Más disparos irrumpen como ladridos de la muerte mientras te agazapas frente al escenario y, como acto reflejo, te escabulles junto a un grupo de chicos por una salida de emergencia, a la izquierda del escenario.

Te encuentras ante unas escaleras y las subes, y encontrártelas y subirlas es todo una misma cosa. Más que nunca sientes que una mano invisible te tiene agarrado por los hombros y tira de ti hacia arriba con fuerza.

Una puerta,

un pasillo,

otra puerta,

sangre corriendo por el suelo, humo y docenas de caras, docenas de subconscientes que, como el tuyo, intentan mantener sus cuerpos respirando.

Lo ves en cada cara: esa gente ya no es gente, son un puro y condensado deseo de sobrevivir; y si lo logran, si sobreviven, ya nunca serán los de antes. Todos estos jóvenes ya no están ni volverán a estar preocupados por sus estudios, sus carreras profesionales o lo gilipollas que es el jefe; todas estas caras son ahora primitivas, son hombres prehistóricos huyendo de un mamut, huyendo de las bestias, saltando de rama en rama, acurrucándose en el fondo de una cueva.

Se abre una puerta.

Instantes después estás dentro de un vestuario con dos docenas de personas tan histéricas como silenciosas. Una señora de unos cuarenta años se está desangrando; un chico, que podría ser su hijo, le hace presión en la herida. Otro chaval esgrime una botella de champán como arma. Unos cuantos están haciendo una barricada de sillas frente a la puerta. Escuchas la respiración acelerada de todos, pero nadie dice una palabra; han desarrollado una comunidad sólida como el acero y no necesitan palabras para organizarse. Recuerdas que son hombres primitivos.

Los disparos van y vienen al otro lado de la puerta. Comprendes que estáis todos perdidos porque no hay más salida en este vestuario que la puerta por la que has entrado, a través de la cual escuchas acercarse los disparos. Miras a los demás, no a sus caras, sino a sus ojos, y su mensaje sin palabras dice que cuando esas bestias irrumpan en el vestuario los reduciremos cuerpo a cuerpo, abalanzándonos sobre ellos como si no estuvieran armados. Unos cuantos de nosotros morirán para salvar a los demás, pero agazaparnos en una esquina es la muerte de todos.

Observas que el chico que ayudaba a contener la sangre de la señora se esconde detrás de una cortina. Una explosión en la distancia hace vibrar el suelo. «Acabaremos con ellos» es la respuesta que lees en los ojos de los demás, y te permites que una llama de esperanza se prenda en tu corazón; muy probablemente vas a morir, pero dejarás a tu esposa detrás de la masa de gente y salvará la vida,

tu esposa va a seguir viva.

Buscas su mirada y la encuentras rígida, casi vacía, casi de cristal, aferrándose a un soplo de vida, y ahora comprendes que la humedad de tu vientre provenía de su sangre.

La vida se le escapa como una llama temblorosa, y tú quisieras ahora poder disfrutar de una de las rodajitas de silencio que quisiste guardar hace solo un par de horas, pero tu esposa no se va en paz, se va entre respiraciones nerviosas y ecos de disparos.

Su muerte es inevitable, tan irremediable que ni siquiera le pides que se aferre a la vida, solo la dejas ir con la dulzura que eres capaz de inventarte y no sabes ni decirle adiós. Quisieras decirle que la amas y que tu amor por ella es infinito, que si no se fuera podríais superar juntos cualquier batalla, que hoy mismo te has enamorado de ella media docena de veces, que quisiste comerte sus labios en el museo, que sonríes irremediablemente hasta cuando le escribes un mensaje de texto, que quisiste acariciar su cabello cuando el sol le arrancó esos tonos rojizos tan escondidos al salir de la estación, que te pasas los días soñando con las noches junto a ella…

Pero las palabras no te salen del pecho. Y se va tu mujer, tu amante, tu esposa, como un poema a medias, como un verso sin punto final.

Noche es todo lo que te queda, pero no bajo las estrellas, solo noche que se acaba y no vuelve a amanecer.

Es ahora cuando sientes el peso de su cuerpo sin vida sobre tus brazos, cuando te das cuenta de que no la has besado en todo el día.

 

 

Todo lo que nunca hiciste por mi – acoso en la red

—La siguiente conversación de Messenger —explicó Carla Barceló a su audiencia— es real. La presentó un padre a la policía y dio lugar a la detención de uno de los pedófilos más activos de la Red. El individuo había desarrollado un sistema muy elaborado para engañar a las jóvenes. Primero entraba en contacto con las menores en algún chat fingiendo ser una chica de catorce años llamada Lucy. Les pedía su cuenta de Messenger, las agregaba como contacto y les enviaba una postal simpática de un corazón, de amor, o un gatito. Haz clic aquí si quieres ver el gatito, decía el mensaje. Si la niña picaba, automáticamente se descargaba un virus en su ordenador. Cuando la chica teclease la clave de acceso a su correo electrónico el virus se la estaría enviando también al acosador.

Lucy: Te he robado tu msn, te lo devolveré. Solo quiero q me hagas un favor.
Lucy: Contesta o me meto en tu msn.
Bea: Oyeee komo sabes mi clave?
Lucy: Tu pregunta secreta era muy facil. Me podrias hacer el favor que te pedi?
Bea: X favor me puedes devolver el msn.
Lucy: Primero ponte la cam para conocerte, ok?
Bea: Ok.
Lucy: Primero quiero q sepas q soy les [lesbiana], no te molesta?
Bea: Yo soy bi.
Lucy: Solo tienes que enseñarme las tetas

Carla detuvo la conversación en ese punto.

—Después de un intercambio de mensajes similar —dijo—, la chica llamada Bea accede a mostrar los pechos unos segundos delante de la cámara web. Recuerden que ella cree estar hablando con una chica de su edad. A partir de ese momento Bea está atrapada. La falsa adolescente le muestra el vídeo que ha grabado mostrando sus pechos.

Carla reanudó la conversación:

Lucy: Viste el video?
Bea: Si, por favor lo puedes borrar?
Lucy: Es un recuerdo para mi, ¿te molesta?
Bea: Mucho, por favor lo puedes borrar?
Lucy: Sabes que he copiado a todos tus contactos? Que harias si se lo mando a todos?
Bea: Me moriria de vergüenza. Por favor no lo hagas.
Lucy: Qué te parece si se lo envío a tus amigos?
Bea: Que me voy a poner a llorar. Estoy temblando.
Lucy: Cierra la puerta para que nadie nos moleste. No quiero que te vean llorando.
Bea: Esta cerrada.
Lucy: Y no hables con nadie.
Bea: Por favor.
Lucy: Soy les [lesbiana], ya te lo dije y quiero hacerme un dedo viendote. Si haces lo que te pido no pasara nada, ok?
Bea: No me pidas nada mas, por favor.
Lucy: Quiero hacerme un dedo viendote. Si no, te juro que mando el video.
Bea: Noooooo. Por favoooor.
Lucy: Tu dime, lo haras o no?
Bea: Que tengo que hacer?
Lucy: Cierra las ventanas y la puerta para que no nos molesten, ok?
Bea: Ya esta.
Lucy: Sera algo rapido. Mientras mejor lo hagas sera mejor.
Bea: Que es???
Lucy: Primero quítate eso negro que llevas arriba. Date prisa.
[Pausa]
Bea: Tengo miedo, por favor no me lo hagas hacer.
Lucy: De que tienes miedo?
Bea: De ti.
Lucy: No tengas miedo. Solo haz lo que te pido y me piro.
Bea: Es que no puedo.
Lucy: Entonces lo siento. Te dije que solo seria un momento. Me voy.
Bea: Donde vas?
Lucy: A enviar tu video a tus amigos!!!!

10 razones para empezar a leer ya Todo lo que nunca hiciste por mi

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  1. Porque aprendes sobre internet y a defenderte de los acosadores que se esconden en las redes sociales
  2. Es una lectura adictiva, cargada de emociones e intrigas.
  3. Hay personajes memorables sobre los que vas a querer seguir leyendo.
  4. La trama es muy original. No has leído nada igual. Garantizado.
  5. Es un thriller de misterio.
  6. Está muy bien escrita. Se lee sin esfuerzo. A veces tienes la impresión de estar “viendo” una película.
  7. Porque tiene un final de infarto.
  8. Porque tiene muy buenas críticas. (ver aquí)
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